«¡Estoy espiando a un hombre malo!», me susurró la hija de 5 años de mi empleada desde detrás del inodoro. Señaló un sobre escondido y añadió: «Siempre viene cuando tú no estás». No dije nada; revisé las cámaras. A las 6:01 apareció un hombre con un enorme reloj plateado. Cuando reconocí quién era, entendí que llevaba 23 años confiando en la persona equivocada.

Días después, Isabel recibió una fotografía donde aparecía atada.

Mauricio se presentó en su galería 3 semanas más tarde.

Le dijo que había conseguido sacar a Lucía de manos de la familia Villaseñor, pero que ahora él controlaba dónde estaba.

El precio era simple.

Información sobre mí.

—Si dejaba de entregar los sobres, decía que regresaría a Lucía con ellos.

—¿Por qué no me dijiste nada?

Isabel soltó una risa rota.

—Porque me enseñó una grabación tuya hablando con él. Sabía dónde estabas cada hora. ¿A quién debía acudir si tu propio jefe de seguridad era quien me amenazaba?

Entonces abrió su bolso.

—Pero cometió un error.

Había guardado copias.

Conversaciones.

Documentos.

Audios.

En uno de ellos escuché la voz de Mauricio negociando con Villaseñor mi muerte y el reparto de mis negocios.

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