«¡Estoy espiando a un hombre malo!», me susurró la hija de 5 años de mi empleada desde detrás del inodoro. Señaló un sobre escondido y añadió: «Siempre viene cuando tú no estás». No dije nada; revisé las cámaras. A las 6:01 apareció un hombre con un enorme reloj plateado. Cuando reconocí quién era, entendí que llevaba 23 años confiando en la persona equivocada.

Cuando salió, guardó el sobre dentro del abrigo.

Al abrir la puerta, la luz cayó sobre su muñeca izquierda.

El reloj plateado brilló durante menos de un segundo.

Era Mauricio.

Mi mejor amigo.

El hombre que había recibido una bala por mí cuando teníamos 24 años.

El hombre que me había sacado inconsciente de un automóvil después de un accidente.

El hombre al que habría confiado mi vida sin hacer una sola pregunta.

Fui directamente con Isabel.

Cerré la biblioteca con llave y extendí sobre la mesa las fotografías, el dispositivo y una imagen de ella arrodillada detrás del inodoro.

Esperaba una mentira.

No llegó.

Isabel perdió el color del rostro y tuvo que sentarse.

—Dilo —ordené.

Levantó los ojos.

—Mauricio tiene a mi hermana.

Todo cambió.

Lucía tenía 22 años. Había regresado de Italia 6 meses antes y desapareció después de aterrizar en Ciudad de México.

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