Durante horas no ocurrió nada.
A las 3:47 de la tarde, Isabel subió las escaleras.
Entró en mi baño.
Permaneció dentro poco más de 4 minutos.
Cuando salió, llevaba las manos vacías.
Volví a casa por una entrada de servicio.
Revisé cada cajón, cada mueble y cada rincón.
Finalmente me arrodillé junto al inodoro.
Encendí la linterna del teléfono.
Debajo del depósito encontré un sobre sujeto con cinta.
Dentro había un pequeño dispositivo de almacenamiento y varias fotografías.
La primera mostraba mi automóvil saliendo de una reunión privada 2 semanas antes.
Conecté el dispositivo a una computadora aislada.
Aparecieron nombres, direcciones, rutas de mis hombres, bodegas, reuniones futuras, movimientos de mercancía y datos de seguridad que únicamente alguien muy cercano a mí podía conocer.
Aquello no era espionaje por curiosidad.
Alguien estaba preparando una traición.
Y mi novia estaba entregándole la información.