«¡Estoy espiando a un hombre malo!», me susurró la hija de 5 años de mi empleada desde detrás del inodoro. Señaló un sobre escondido y añadió: «Siempre viene cuando tú no estás». No dije nada; revisé las cámaras. A las 6:01 apareció un hombre con un enorme reloj plateado. Cuando reconocí quién era, entendí que llevaba 23 años confiando en la persona equivocada.

Durante horas no ocurrió nada.

A las 3:47 de la tarde, Isabel subió las escaleras.

Entró en mi baño.

Permaneció dentro poco más de 4 minutos.

Cuando salió, llevaba las manos vacías.

Volví a casa por una entrada de servicio.

Revisé cada cajón, cada mueble y cada rincón.

Finalmente me arrodillé junto al inodoro.

Encendí la linterna del teléfono.

Debajo del depósito encontré un sobre sujeto con cinta.

Dentro había un pequeño dispositivo de almacenamiento y varias fotografías.

La primera mostraba mi automóvil saliendo de una reunión privada 2 semanas antes.

Conecté el dispositivo a una computadora aislada.

Aparecieron nombres, direcciones, rutas de mis hombres, bodegas, reuniones futuras, movimientos de mercancía y datos de seguridad que únicamente alguien muy cercano a mí podía conocer.

Aquello no era espionaje por curiosidad.

Alguien estaba preparando una traición.

Y mi novia estaba entregándole la información.

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