No expliqué por qué.
Esa noche no dormí.
Isabel llevaba 13 meses conmigo. Era restauradora de arte, elegante, inteligente, discreta. Nunca preguntaba demasiado sobre mis negocios. Nunca pedía dinero. Nunca parecía interesada en mis contactos.
Y ahora una niña de 5 años decía que escondía sobres detrás de mi inodoro.
A la mañana siguiente anuncié que viajaría a Monterrey y regresaría 2 días después.
Mauricio Carranza, mi jefe de seguridad y mejor amigo desde que ambos teníamos 12 años, levantó apenas una ceja.
—Voy contigo.
—No. Quiero viajar solo.
Isabel me besó antes de salir.
—Te voy a extrañar.
—Será poco tiempo.
Salí por la entrada principal.
Pero nunca fui a Monterrey.
Rafael Vargas, el hombre más discreto que conocía, me llevó a un departamento que mantenía fuera de todos mis registros. Desde allí observamos las cámaras de mi residencia.