Aquella tarde conduje hasta la casa donde Elena y Sofía estaban escondidas.
Llevaba el sombrero de detective en una mano.
Cuando llamé, Sofía abrió antes del segundo timbrazo.
—¡Tío Adrián!
Me agaché.
—Detective Sofía.
Sus ojos se hicieron enormes.
—¿Resolviste el caso?
—Todo.
—¿La mujer del labial rojo era mala?
—No exactamente. Estaba intentando salvar a su hermana.
—¿Y el hombre del reloj?
—Él sí era la persona mala.
Sofía abrió la boca.
—¡Yo sabía que el reloj era importante!
—Muy importante.
Saqué la lupa del bolsillo.
—Los sobres desaparecieron. La hermana está en casa. El hombre del reloj ya no puede lastimar a nadie. Y mi baño vuelve a ser solamente un baño.
Sofía soltó una carcajada.
Le pasé la cuerda de la lupa por encima de la cabeza.
—Por la autoridad que no me ha concedido absolutamente nadie, te nombro jefa de detectives.