«¡Estoy espiando a un hombre malo!», me susurró la hija de 5 años de mi empleada desde detrás del inodoro. Señaló un sobre escondido y añadió: «Siempre viene cuando tú no estás». No dije nada; revisé las cámaras. A las 6:01 apareció un hombre con un enorme reloj plateado. Cuando reconocí quién era, entendí que llevaba 23 años confiando en la persona equivocada.

Aquella tarde conduje hasta la casa donde Elena y Sofía estaban escondidas.

Llevaba el sombrero de detective en una mano.

Cuando llamé, Sofía abrió antes del segundo timbrazo.

—¡Tío Adrián!

Me agaché.

—Detective Sofía.

Sus ojos se hicieron enormes.

—¿Resolviste el caso?

—Todo.

—¿La mujer del labial rojo era mala?

—No exactamente. Estaba intentando salvar a su hermana.

—¿Y el hombre del reloj?

—Él sí era la persona mala.

Sofía abrió la boca.

—¡Yo sabía que el reloj era importante!

—Muy importante.

Saqué la lupa del bolsillo.

—Los sobres desaparecieron. La hermana está en casa. El hombre del reloj ya no puede lastimar a nadie. Y mi baño vuelve a ser solamente un baño.

Sofía soltó una carcajada.

Le pasé la cuerda de la lupa por encima de la cabeza.

—Por la autoridad que no me ha concedido absolutamente nadie, te nombro jefa de detectives.

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