«¡Estoy espiando a un hombre malo!», me susurró la hija de 5 años de mi empleada desde detrás del inodoro. Señaló un sobre escondido y añadió: «Siempre viene cuando tú no estás». No dije nada; revisé las cámaras. A las 6:01 apareció un hombre con un enorme reloj plateado. Cuando reconocí quién era, entendí que llevaba 23 años confiando en la persona equivocada.

Yo observé desde las escaleras.

Una hora después, hablé con Isabel en la biblioteca.

—Pueden quedarse aquí.

—Lo sé.

—O pueden marcharse. Les conseguiré documentos, dinero y un lugar donde nadie pueda encontrarlas.

Isabel miró hacia el jardín.

—Quiero volver a Italia con Lucía. Ella tiene una vida que terminar allí. Yo también dejé cosas pendientes.

Asentí.

Se acercó a mí.

—Adrián…

Esperé.

—Iba a decirte que sí te amé.

—¿Ibas?

Sonrió con tristeza.

—Te amé en los días en que me permitían ser yo misma.

No encontré nada inteligente que responder.

—Lo sé.

Tocó suavemente el lugar de mi saco donde llevaba guardada la lupa de Sofía.

Después se marchó.

Mauricio quedó bajo custodia mientras terminaba de desmontar todo lo que había construido dentro de mi propia organización. Rafael ocupó su puesto.

Pero todavía me faltaba hacer una cosa.

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