Mi esposo se rio de los golpes en mi cara durante su lujosa fiesta de Halloween. “Se cayó en el baño otra vez”, bromeó delante de cien invitados, mientras mi suegra levantaba su copa. Yo no lo contradije hasta que terminó su discurso. Entonces me quité la máscara y pregunté: “¿También fue el baño quien amenazó con encerrarme en un hospital?”. Él palideció cuando varios detectives entraron buscando algo mucho más grave que una agresión.

—Mi mujer está enferma —declaró—. Mi suegro lleva meses manipulándola para perjudicarme.

—Retire la mano de su esposa —ordenó Mariana.

Rodrigo me apretó una última vez y, cuando dos agentes se acercaron, me empujó contra ellos. Después saltó del pequeño escenario y corrió hacia el pasillo de servicio.

Una bandeja cayó al suelo; las copas se rompieron y varios invitados gritaron.

No llegó lejos.

Dos policías lo interceptaron cerca de los elevadores, mientras el personal del hotel mantenía despejadas las salidas de emergencia.

Mi padre ayudó a alejar a los invitados sin intervenir en el arresto. Rodrigo, sin embargo, lo señaló mientras le colocaban las esposas.

—¡Tú organizaste todo, Gabriel! ¡Quieres hundirme porque tu hija está loca!

—Mi padre no presentó las pruebas —respondí, quitándome el antifaz—. Yo lo hice. Y también las mujeres a las que amenazaste.

El rostro de Rodrigo se alteró cuando pronuncié el nombre de Lucía.

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