Mi esposo se rio de los golpes en mi cara durante su lujosa fiesta de Halloween. “Se cayó en el baño otra vez”, bromeó delante de cien invitados, mientras mi suegra levantaba su copa. Yo no lo contradije hasta que terminó su discurso. Entonces me quité la máscara y pregunté: “¿También fue el baño quien amenazó con encerrarme en un hospital?”. Él palideció cuando varios detectives entraron buscando algo mucho más grave que una agresión.

«¿A ti también te ha golpeado?».

Sentí que el corazón se me detenía.

Le respondí que sí.

Minutos después llegó otro mensaje.

«Entonces debemos hablar. Pero hay algo que necesitas saber antes de verlo otra vez».

La siguiente frase me dejó helada:

«Rodrigo guarda recuerdos de las mujeres a las que ha destruido. Y tú no eres la primera».

PARTE 2

Viajé a Querétaro con la excusa de visitar a una antigua compañera de trabajo.

Lucía me esperaba en una cafetería pequeña, lejos del centro. Tenía cuarenta años y una expresión de cansancio que reconocí inmediatamente.

Cuando puse el arete sobre la mesa, sus manos comenzaron a temblar.

—Me lo arrancó cuando intenté salir de una habitación de hotel —susurró—. Rodrigo me había prometido un ascenso. Cuando rechacé sus insinuaciones, me encerró y abusó de mí.

Me contó que denunció lo ocurrido ante Arturo Cárdenas, el socio principal del despacho.

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