Nadie tenía que pedir permiso a un hombre poderoso.
—No, papá —respondí—. Déjalas abiertas.
Durante ocho años, Rodrigo me hizo creer que ninguna puerta conducía a una vida fuera de la suya.
Se equivocó.
La noche que intentó convertirme en el chiste de su fiesta, no sabía que su poder ya estaba derrumbándose.
Y si hoy pudiera decirle algo a la mujer que fui, sería esto:
No esperes a que todos comprendan tu dolor para reconocer que mereces salir de él.
Quien te ama no necesita verte destruida para sentirse importante.