Mi esposo se rio de los golpes en mi cara durante su lujosa fiesta de Halloween. “Se cayó en el baño otra vez”, bromeó delante de cien invitados, mientras mi suegra levantaba su copa. Yo no lo contradije hasta que terminó su discurso. Entonces me quité la máscara y pregunté: “¿También fue el baño quien amenazó con encerrarme en un hospital?”. Él palideció cuando varios detectives entraron buscando algo mucho más grave que una agresión.

Rodrigo intentó negociar conmigo antes de los juicios.

Su abogado me ofreció la casa, dos millones de pesos y un divorcio sin conflictos si yo declaraba que había exagerado las agresiones y que mis dudas sobre las cuentas procedían de un episodio de ansiedad.

Después imaginé a la viuda contando monedas para sus hijos.

—Entrégasela al Ministerio Público —dije—. No voy a vender mi verdad con dinero que quizá tampoco sea suyo.

Lucía decidió testificar.

Llegó acompañada de su propia abogada y explicó cómo la habían intimidado para firmar el acuerdo de silencio.

Una antigua empleada del despacho también entregó mensajes en los que había denunciado conductas similares.

Cada testimonio tuvo su propio peso. Ninguna de aquellas mujeres debía exponerse sólo para demostrar que yo merecía ser creída.

El primer juicio comenzó un año y medio después de la gala.

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