Arturo Cárdenas fue detenido junto a una de las mesas.
Beatriz intentó esconder una carpeta dentro del carrito de un mesero, pero una agente le impidió moverla. No la detuvieron esa noche, aunque investigaban sus cuentas y su teléfono.
La mujer que se había reído de mi moretón se acercó llorando.
—Perdóname, Elena. Pensé que era una broma.
—Viste mi cara —le dije—. ¿Qué parte te pareció graciosa?
Cuando Rodrigo fue conducido a la salida, volvió la cabeza.
—Elena, diles que me amas. No puedes hacerme esto.
Yo tenía sangre seca junto a la ceja y las piernas me temblaban.
—Te amé durante ocho años —contesté—. Pero amarte nunca te dio derecho a lastimarme. Y protegerte ya no será mi trabajo.
En urgencias me colocaron tres puntos de sutura.
Mi madre sostuvo mi mano mientras una enfermera documentaba la herida.
Aquella madrugada dormí en la casa donde había crecido. Pensé que al fin descansaría, pero desperté varias veces convencida de que Rodrigo estaba buscando la llave de mi habitación.