Fui un sábado. La puerta del rancho estaba vencida de un lado. Había una cabra vieja en el corral y, en el potrero, una yegua gris con la cabeza baja y el vientre enorme.
—La yegua está preñada —me dijo el abogado—. Va incluida. También la cabra.
Miré la casa, el encino y aquella yegua color ceniza. No era bonito en el sentido que entiende la gente de ciudad. Había tejas rotas, hierba alta y herramientas oxidadas. Pero por primera vez en años vi un lugar donde nadie me estaba haciendo espacio: el espacio ya era mío.
Firmé esa misma tarde.
El martes llegué con 2 maletas amarradas con mecate, la escritura guardada contra el pecho y la llave envuelta en un pañuelo. Empujé la puerta caída con el hombro, caminé hasta la casa y, antes de entrar, la yegua levantó la cabeza para mirarme.