Después de 12 años cuidando la casa, los nietos y hasta la ropa de mi hijo, una noche me dijo sin mirarme: “Mamá, ya es hora de que recuperes tu independencia”. Entré a mi pequeño cuarto, saqué de una Biblia el sobre donde había guardado durante años mi pensión y, por primera vez, conté el dinero. Días después compré un viejo rancho en Hidalgo; cuando mis hijos se enteraron, comenzaron a cuestionar mi decisión y si realmente podía vivir ahí sola.

Seguí secando el plato.

—Está bien, hijo.

Esa noche cerré la puerta de mi cuarto, saqué mi Biblia del buró y, de entre sus páginas, retiré un sobre manila. Ahí había guardado durante 14 años casi toda la pensión de Anselmo. Nunca la había contado completa. Me tomó más de 1 hora acomodar los billetes de 500 y 200 pesos sobre la cama.

Cuando terminé, sentí algo que no había sentido desde que enterré a mi marido: posibilidad.

Al día siguiente compré el periódico sin decirle a nadie. Durante 4 semanas busqué terrenos en Hidalgo. Vi uno sin agua, otro sin papeles y otro tan lejos del pueblo que habría sido una necedad a mis 62 años.

Entonces apareció un anuncio: rancho de 4 hectáreas cerca de Huasca de Ocampo, casa de adobe, pozo, corral, bodega y un encino antiguo. Los sobrinos del dueño fallecido querían vender pronto.

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