Seguí secando el plato.
—Está bien, hijo.
Esa noche cerré la puerta de mi cuarto, saqué mi Biblia del buró y, de entre sus páginas, retiré un sobre manila. Ahí había guardado durante 14 años casi toda la pensión de Anselmo. Nunca la había contado completa. Me tomó más de 1 hora acomodar los billetes de 500 y 200 pesos sobre la cama.
Cuando terminé, sentí algo que no había sentido desde que enterré a mi marido: posibilidad.
Al día siguiente compré el periódico sin decirle a nadie. Durante 4 semanas busqué terrenos en Hidalgo. Vi uno sin agua, otro sin papeles y otro tan lejos del pueblo que habría sido una necedad a mis 62 años.
Entonces apareció un anuncio: rancho de 4 hectáreas cerca de Huasca de Ocampo, casa de adobe, pozo, corral, bodega y un encino antiguo. Los sobrinos del dueño fallecido querían vender pronto.