El durazno casi seco del patio también dio señales de vida. Bardomiano me enseñó dónde podar.
—Si todavía tiene verde por dentro, dele chance —dijo.
Me quedé mirando la rama cortada. Tenía una línea húmeda, viva.
Anoté la frase en mi cuaderno.
En febrero limpié la silla de montar que había encontrado en la bodega. Era de cuero labrado y llevaba las iniciales del antiguo dueño. Bardomiano cambió las correas gastadas y me ayudó a ajustarla.
—Esta silla era de Cenicera —me explicó—. Ella se acuerda.
Yo no montaba desde muchacha.
Aun así, una mañana ensillé a Cenicera. Niebla correteaba cerca y la Madrina nos observaba desde el corral.
—Sin dramas, muchacha —le dije—. Si tú te portas, yo también.
Puse el pie izquierdo en el estribo y subí.
Cenicera soltó el aire, esperó y empezó a caminar.
Dimos 1 vuelta al potrero.