Después de 12 años cuidando la casa, los nietos y hasta la ropa de mi hijo, una noche me dijo sin mirarme: “Mamá, ya es hora de que recuperes tu independencia”. Entré a mi pequeño cuarto, saqué de una Biblia el sobre donde había guardado durante años mi pensión y, por primera vez, conté el dinero. Días después compré un viejo rancho en Hidalgo; cuando mis hijos se enteraron, comenzaron a cuestionar mi decisión y si realmente podía vivir ahí sola.

El durazno casi seco del patio también dio señales de vida. Bardomiano me enseñó dónde podar.

—Si todavía tiene verde por dentro, dele chance —dijo.

Me quedé mirando la rama cortada. Tenía una línea húmeda, viva.

Anoté la frase en mi cuaderno.

En febrero limpié la silla de montar que había encontrado en la bodega. Era de cuero labrado y llevaba las iniciales del antiguo dueño. Bardomiano cambió las correas gastadas y me ayudó a ajustarla.

—Esta silla era de Cenicera —me explicó—. Ella se acuerda.

Yo no montaba desde muchacha.

Aun así, una mañana ensillé a Cenicera. Niebla correteaba cerca y la Madrina nos observaba desde el corral.

—Sin dramas, muchacha —le dije—. Si tú te portas, yo también.

Puse el pie izquierdo en el estribo y subí.

Cenicera soltó el aire, esperó y empezó a caminar.

Dimos 1 vuelta al potrero.

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