Ahí fue cuando se me acabó la fuerza.
Caminé hasta la casa, bebí un vaso entero de agua y me senté frente a la mesa.
Lloré.
Lloré por Anselmo, por los 12 años en casa de Joel, por los nietos que habían crecido, por el plato que yo seguía secando mientras mi hijo me pedía el cuarto. Lloré por la vergüenza de haber sentido que quizá mi vida ya no me pertenecía.
Y también lloré porque, por primera vez en mucho tiempo, acababa de comprobar que sí podía cuidar algo sin desaparecer dentro de ese cuidado.
Al potrillo le puse Niebla.
Cuando Bardomiano regresó esa tarde y vio mi brazo hinchado, a Cenicera tranquila y a Niebla pegado a ella, se quitó el sombrero.
—Pues mire, doña Esperanza… ahí está lo que usted hizo.
Fue casi un discurso viniendo de él.
2 días después, doña Romualda revisó a los 2 animales y luego mi hombro.