Pues ya estaba sola.
Cenicera se dejó caer sobre la paja, volvió a levantarse y giró dentro del espacio que yo había preparado durante semanas. Afuera, la neblina seguía pegada a las paredes de adobe. Adentro, una lámpara colgada de un clavo era toda la luz que tenía.
—Aquí estoy, muchacha —le dije, acariciándole el cuello—. No me voy a ir.
Esperé a que pasara una contracción. Me lavé otra vez, me remangué hasta el hombro y entré con la mano, despacio, como había practicado con el costal.
La primera pata estaba casi afuera. La otra se había doblado hacia atrás.
Por un segundo quise retirar el brazo.
No por asco. Por miedo a equivocarme.
Entonces recordé todos los años en que me dijeron, sin decirlo de frente, que yo servía para cuidar a otros pero no para decidir por mí. Recordé el cuarto del patio. Recordé a Joel hablando hacia el fregadero. Recordé el sobre manila escondido en la Biblia.