“No te preocupes. Ya estoy empacando algunas de sus cosas. Cuando finalmente se vaya, esta casa volverá a sentirse como una familia de verdad.”
Leí esa frase tres veces.
Una familia de verdad.
Como si yo nunca hubiera pertenecido.
Cerré la computadora.
A la mañana siguiente no fui a la oficina.
Fui al despacho de Sofía, una amiga de la universidad que trabajaba en temas civiles e inmobiliarios.
Puse sobre su escritorio transferencias bancarias, recibos del predial, facturas de reparaciones y comprobantes de gastos acumulados durante tres años.
También le mostré los correos.
Sofía revisó todo con calma.
—Mariana, esto no significa automáticamente que seas dueña de la casa —me aclaró—. Pero sí demuestra que has puesto una cantidad importante de dinero y que existen obligaciones que tu familia quizá está fingiendo que no existen.
—No quiero quedarme con la casa.
—¿Entonces qué quieres?
Related Posts