—Todo era dinero…
Negué lentamente.
—No.
Miré por la ventana.
—Eran vidas.
Durante las siguientes semanas ordené una auditoría completa de la fundación.
Todos los tratamientos fueron reactivados.
Los fondos robados regresaron.
Ningún niño volvió a quedar sin atención médica.
Pero aún faltaba el último giro.
Tres meses después regresé al hospital.
Keo esperaba junto a la ventana.
Tenía nuevamente cabello.
El color había vuelto a sus mejillas.
Cuando me vio entrar, corrió hacia mí.
—¡Señor Gallo!
Se lanzó a abrazarme.
Yo nunca había sabido tratar con niños.
Aun así terminé abrazándolo también.
Linda sonreía desde la puerta.
—Quiere enseñarle algo.
Keo abrió una carpeta llena de dibujos.
El primero mostraba un superhéroe.
Traje negro.
Corbata.
Sin capa.
Solo una pequeña placa que decía:
“El hombre que llegó cuando todos se habían rendido.”
Sonreí sin querer.
—Ese no soy yo.
Keo negó con fuerza.
—Sí.
Porque los héroes también usan traje.
Sentí algo extraño en el pecho.
Algo que jamás había experimentado después de cerrar un negocio o ganar una negociación.
Era paz.
Meses después transformé completamente la fundación.
La convertimos en una organización independiente.
Cada decisión médica necesitaba ahora la aprobación de un comité externo.
Nadie volvería a cancelar un tratamiento para llenar sus propios bolsillos.
Una tarde Linda entró en mi despacho.
Llevaba el mismo uniforme.
Pero ya no parecía agotada.
—¿Va a despedirme?
Preguntó con timidez.
Sonreí por primera vez en mucho tiempo.
—No.
Le entregué un nuevo contrato.
Ella lo leyó lentamente.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Directora de programas infantiles?
Asentí.
—Nadie conoce mejor que tú lo que necesitan esas familias.