Miré a Mariana.
—No sé cómo agradecerte.
Ella negó con la cabeza.
—No me agradezcas a mí.
Señaló hacia las mesas.
—La gente decidió hacerlo.
Respiré hondo.
—Creí que nadie…
No terminé.
Mariana pareció entender.
—A veces conocemos menos a nuestros vecinos de lo que pensamos.
Aquella tarde operaron a Bruno.
La cirugía duró casi ocho horas.
Yo recorrí tantas veces el pasillo de la clínica que una asistente terminó acercándome una silla.
No pude sentarme mucho tiempo.
Cada vez que una puerta se abría, levantaba la cabeza.
Finalmente apareció la doctora Valeria.
Se quitó la mascarilla.
Y sonrió.
—Salió adelante.
Tuve que apoyar una mano contra la pared.
Bruno había perdido el bazo y habían tenido que reparar la arteria dañada, pero su corazón había resistido.
Seguía teniendo una recuperación larga por delante.
Pero estaba vivo.
Tres semanas después, volvió a casa.
Tenía una cicatriz enorme escondida bajo el pelo corto del costado.
Caminaba despacio.
Dormía muchísimo.
Y roncaba tan fuerte que algunas noches tenía que subir el volumen de la televisión.
Nunca me había parecido tan bonito escuchar un ronquido.
Una mañana decidí llevarlo a caminar unas cuadras.
Sin uniforme.
Sin patrulla.
Solo pantalones de mezclilla, camiseta y la correa en la mano.
Bruno avanzaba despacio, deteniéndose cada pocos metros para olfatear algo.
Terminamos frente a la cafetería.
Cuando abrí la puerta, varias personas voltearon.
Durante un segundo nadie dijo nada.
Luego alguien empezó a aplaudir.
Otra persona se unió.
Después otra.
Bruno no entendía nada.
Movió la cola y fue directamente hacia Mariana.
Ella se agachó.
Bruno apoyó el hocico en su mano.
Mariana tenía los ojos húmedos.
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