Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

Lety bajó la voz y miró hacia los lados.

—¿Qué tiene? —preguntó Alma.

—No sé, mija. Está rara. Se la pasa todo el día callada, mirando al techo. Cuando viene su esposo, el señor Roberto, le sonríe y platican, pero en cuanto el hombre cruza la puerta para irse, ella se queda como si le hubieran robado el alma. El doctor Osvaldo es el que lleva su caso, le ajustó el tratamiento hoy, pero yo la veo cada día más apagada. Ya lleva cinco días aquí, entró por una arritmia fuerte.

Alma asintió, tomó la bitácora y comenzó su ronda. Dejó el cuarto siete para el final. Ese era uno de los pocos cuartos privados del hospital, destinado a quienes podían pagar un extra o tenían influencias.

Gloria Mendoza tenía 62 años. En su buró había un florero con rosas impecables y una canasta con uvas y manzanas de importación. Todo gritaba que alguien la cuidaba con devoción. Sin embargo, cuando Alma entró con el vasito de las pastillas, la mujer no miró las flores, miró la puerta con absoluto terror.

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