Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

Colgó su chamarra en el casillero, se ajustó la filipina y revisó sus bolsillos: pluma, libreta, guantes de látex. El espejo del casillero le devolvió la imagen de un rostro agotado, con ojeras oscuras y el cabello castaño recogido en una coleta tirante. Suspiró profundamente y salió a recibir el turno.

La enfermera del turno vespertino, Doña Lety, ya estaba cerrando la bitácora, con la bolsa colgada al hombro y prisa por irse.

—¿Cómo pinta la noche, Lety? —preguntó Alma.

—Tranquilo, mija. En la cama tres, a Doña Carmelita se le subió la presión, pero ya le bajó con el suero. En la cinco, el señor de los bigotes sigue de necio, dice que si no le ponemos sal a su caldo se va a morir de tristeza antes que del infarto. Y en el cuarto privado siete… está la señora Gloria.

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