Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

—Doña Gloria —le susurró Alma, acercándose a la cama—. Su sobrina Camila va a venir hoy temprano. Le pedí que viniera directo, sin avisar en recepción.

—¿Camila? —los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas—. No la van a dejar entrar, Alma. Roberto dejó instrucciones estrictas.

—Hoy todo va a cambiar, se lo juro. Usted tenía razón en todo. Ya tengo las pruebas. Solo aguante un poco más.

A las 7:45 a.m., el caos estalló. Alma estaba en la estación de enfermeras cuando las puertas dobles del pabellón se abrieron de golpe. Entró la Dra. Mendoza, flanqueada por cuatro agentes de la Fiscalía del Estado con placas colgadas al cuello y chalecos tácticos. El silencio en el pasillo fue sepulcral. Doña Lety tiró una pluma, que rodó sonoramente por el piso.

—¿Dónde está el consultorio del doctor Osvaldo Ramírez? —preguntó la Dra. Mendoza con voz de trueno.

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