Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

Eran las tres de la mañana. Alma no podía esperar. Buscó el correo institucional de la doctora y le envió los resultados del laboratorio escaneados, junto con un mensaje relatando el soborno y las palabras exactas que escuchó. No esperaba respuesta hasta el día siguiente. Pero, a los veinte minutos, su teléfono vibró. Era un mensaje de texto de un número desconocido:

“Soy la Dra. Mendoza. Acabo de leer su correo. ¿Está usted en turno ahora mismo?”

“Sí, doctora”, tecleó Alma con manos temblorosas.

“No haga nada. No altere el expediente, no confronte al médico y, por lo que más quiera, asegúrese de que esa mujer no tome un solo medicamento más. Llego a las 7:30 a.m. con los ministeriales.”

Las siguientes cuatro horas fueron las más largas en la vida de Alma. Cada vez que escuchaba pasos en el pasillo, sentía que el doctor Osvaldo venía a terminar el trabajo. A las seis de la mañana, Alma entró al cuarto de Gloria. La mujer estaba despierta, mirando al techo con resignación.

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