Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

Pasaron dos días. Dos noches de turnos asfixiantes donde Alma tenía que sonreírle al doctor Osvaldo y saludar cortésmente a Roberto, quien seguía llegando impecablemente vestido, oliendo a loción cara, trayendo más flores y acariciando la mano de su esposa frente a las enfermeras que suspiraban diciendo: “Qué hombre tan maravilloso”.

La tensión llegó a su límite la tercera noche. Alma fue al piso de abajo a buscar unos formatos y, al pasar por la sala de descanso de los médicos, notó la puerta entreabierta. Escuchó un murmullo. Se pegó a la pared, conteniendo la respiración.

Adentro estaban el doctor Osvaldo y Roberto.

—Los del banco no van a esperar, Osvaldo —decía Roberto, y su voz ya no sonaba amable, sino cargada de una agresividad desesperada—. Me van a romper las piernas si no pago esta misma semana. Necesito que aceleres esto.

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