Pasaron dos días. Dos noches de turnos asfixiantes donde Alma tenía que sonreírle al doctor Osvaldo y saludar cortésmente a Roberto, quien seguía llegando impecablemente vestido, oliendo a loción cara, trayendo más flores y acariciando la mano de su esposa frente a las enfermeras que suspiraban diciendo: “Qué hombre tan maravilloso”.
La tensión llegó a su límite la tercera noche. Alma fue al piso de abajo a buscar unos formatos y, al pasar por la sala de descanso de los médicos, notó la puerta entreabierta. Escuchó un murmullo. Se pegó a la pared, conteniendo la respiración.
Adentro estaban el doctor Osvaldo y Roberto.
—Los del banco no van a esperar, Osvaldo —decía Roberto, y su voz ya no sonaba amable, sino cargada de una agresividad desesperada—. Me van a romper las piernas si no pago esta misma semana. Necesito que aceleres esto.