—Doña Gloria —murmuró Alma, sintiendo que le faltaba el aire—, acusar a un médico de algo así… es gravísimo. Si me equivoco, me quitan mi licencia.
—No te pido que armes un escándalo ahora. Te pido que me creas. Llevo tres días escondiendo las pastillas debajo del colchón y tirándolas al excusado cuando puedo levantarme. No tengo a nadie más. Mi único familiar es mi sobrina Camila, pero Roberto y Osvaldo dieron la orden de que no tenga visitas. Dicen que necesito “reposo absoluto”. Me tienen aislada. Me quieren matar y lo están haciendo frente a todos, en un cuarto de hospital.
Esa noche, Alma no le dio las pastillas. Fingió anotar en la bitácora que la paciente había tomado su medicación sin contratiempos.
A la mañana siguiente, al salir de su turno, en lugar de ir a dormir a su pequeño cuarto, Alma hizo algo que le costaría casi la mitad de lo que tenía ahorrado para pagar su renta. Con unas jeringas y tubos estériles que ella misma compró, le extrajo sangre a Gloria en secreto antes del amanecer. Salió del hospital sintiéndose una criminal y llevó las muestras a un laboratorio privado de prestigio en el centro de la ciudad. Pagó 3,200 pesos por un panel toxicológico completo y exhaustivo.