—Ábrelo —ordenó Gloria, con esa voz firme que la caracterizaba.
Alma obedeció. Adentro había un documento oficial, sellado y notariado. Era un fideicomiso a su nombre, emitido a favor de la Facultad de Medicina de una de las universidades privadas más prestigiosas de México. La colegiatura estaba pagada en su totalidad por los próximos seis años, incluyendo un fondo mensual para libros, material y manutención.
Alma sintió que el estómago se le encogía. Las manos le temblaron y las lágrimas le nublaron la vista.
—Doña Gloria… esto… yo no puedo aceptar esto. Es muchísimo dinero. Es… es una locura.
—No discutas conmigo, muchacha —dijo Gloria, apoyando su mano sobre la de Alma—. He pensado en esto desde el día en que cerraste la puerta de aquel cuarto de hospital para escuchar a una vieja loca. Eres una excelente enfermera, Alma. Pero tienes el alma y la valentía para ser un médico excepcional. De los malos, de los corruptos como Osvaldo, ya estamos llenos en este país. México necesita doctoras como tú. Trabajé toda mi vida para poder hacer con mi dinero lo que me diera la gana, y esto es lo más importante que he hecho. Estudia. Salva vidas. Y no me decepciones.