—Doña Gloria… ¡claro que sí! ¿Cómo está?
—Más viva que nunca, muchacha. Quiero que vengas a mi casa a tomar un café. Te mando la ubicación.
Alma llegó a una casa preciosa y soleada en el sur de la ciudad. Gloria le abrió la puerta. Ya no era el espectro gris del hospital. Tenía el cabello arreglado, chapetes en las mejillas, y llevaba un delantal manchado de harina.
—Pásale, mija. Estoy horneando conchas y empanadas.
Se sentaron en el patio, bajo la sombra de un limonero. El Güero se subió a las piernas de Alma, ronroneando. Platicaron horas. Gloria le contó de Camila, de lo orgullosa que estaba de ella, de la paz que por fin sentía. Luego, de repente, Gloria se levantó, entró a la casa y regresó con un sobre de cuero fino. Lo puso sobre la mesa, junto a las tazas de café.