—Tía, no puedo… son quince sucursales, los proveedores, el sindicato… es demasiada responsabilidad.
—Llevas seis años trabajando conmigo desde abajo, Camila. Conoces el inventario mejor que nadie y, lo más importante, fuiste la única persona que no intentó sacarme dinero, que llamaba al hospital solo para saber si respiraba. Se hace camino al andar, y yo te voy a enseñar el resto. Firma.
Camila firmó. Poco a poco, Gloria se fue retirando. Compró una casa pequeña pero luminosa, con un jardín donde sembró chiles, jitomates y albahaca. Adoptó un gato callejero y amarillo al que bautizó “El Güero”. Empezó a leer, a tejer, a vivir.
Alma no había vuelto a saber de ella hasta un sábado de abril. Estaba en su diminuta cocina, friendo unos huevos con frijoles para desayunar, cuando sonó su teléfono.
—¿Almita? Soy Gloria Mendoza. ¿Te acuerdas de mí?