Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

—Tía, no puedo… son quince sucursales, los proveedores, el sindicato… es demasiada responsabilidad.

—Llevas seis años trabajando conmigo desde abajo, Camila. Conoces el inventario mejor que nadie y, lo más importante, fuiste la única persona que no intentó sacarme dinero, que llamaba al hospital solo para saber si respiraba. Se hace camino al andar, y yo te voy a enseñar el resto. Firma.

Camila firmó. Poco a poco, Gloria se fue retirando. Compró una casa pequeña pero luminosa, con un jardín donde sembró chiles, jitomates y albahaca. Adoptó un gato callejero y amarillo al que bautizó “El Güero”. Empezó a leer, a tejer, a vivir.

Alma no había vuelto a saber de ella hasta un sábado de abril. Estaba en su diminuta cocina, friendo unos huevos con frijoles para desayunar, cuando sonó su teléfono.

—¿Almita? Soy Gloria Mendoza. ¿Te acuerdas de mí?

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