Gloria solicitó el divorcio desde su cama de hospital. El juez, con las pruebas criminales en la mano, lo otorgó por la vía rápida y le arrebató a Roberto cualquier derecho sobre los bienes.
Tres meses después del arresto, Gloria fue dada de alta. Se mudó al departamento de su sobrina Camila en una colonia tranquila. Al principio, le costaba caminar. Se sentaba horas frente a la ventana, viendo a los niños jugar cascarita en la calle. Estaba sanando físicamente, pero el daño en el alma era profundo.
—¿Cómo se siente, tía? —le preguntaba Camila, ofreciéndole un café de olla.
—Pensativa, mija. Me pasé 30 años contando centavos, peleando con inspectores, durmiendo en bodegas para levantar mi cadena de farmacias… para terminar casada con un hombre que quería robarme el negocio junto con la vida.
Pero Gloria era de madera fuerte, de esas mujeres mexicanas que no se quiebran. Dos meses después, llamó a su abogado y redactó un documento irrevocable. Le cedió el 51% de las acciones de su empresa a Camila. Cuando la joven vio los papeles, se asustó.