Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

Gloria solicitó el divorcio desde su cama de hospital. El juez, con las pruebas criminales en la mano, lo otorgó por la vía rápida y le arrebató a Roberto cualquier derecho sobre los bienes.

Tres meses después del arresto, Gloria fue dada de alta. Se mudó al departamento de su sobrina Camila en una colonia tranquila. Al principio, le costaba caminar. Se sentaba horas frente a la ventana, viendo a los niños jugar cascarita en la calle. Estaba sanando físicamente, pero el daño en el alma era profundo.

—¿Cómo se siente, tía? —le preguntaba Camila, ofreciéndole un café de olla.

—Pensativa, mija. Me pasé 30 años contando centavos, peleando con inspectores, durmiendo en bodegas para levantar mi cadena de farmacias… para terminar casada con un hombre que quería robarme el negocio junto con la vida.

Pero Gloria era de madera fuerte, de esas mujeres mexicanas que no se quiebran. Dos meses después, llamó a su abogado y redactó un documento irrevocable. Le cedió el 51% de las acciones de su empresa a Camila. Cuando la joven vio los papeles, se asustó.

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