Los días posteriores fueron un torbellino. Investigaciones, declaraciones ante el Ministerio Público, auditorías al hospital. Alma tuvo que rendir testimonio varias veces. El investigador a cargo, un hombre maduro y de mirada cansada, le dijo al terminar de firmar su declaración: “Muchacha, si usted se hace de la vista gorda un día más, el acta de defunción ya estaría firmada y ese hombre millonario. Le salvó la vida”.
En el hospital, el ambiente cambió. Algunas enfermeras evitaban a Alma, temerosas de involucrarse con quien había derribado a un gigante intocable. Otras, como Doña Lety, la miraban con un respeto silencioso y profundo. “Hiciste lo correcto, chamaca”, le dijo Lety una tarde mientras preparaban sueros. “Si yo estuviera en esa cama, rogaría por tener una enfermera como tú.”
Las semanas pasaron y la historia de horror se fue aclarando. Roberto debía más de 7 millones de pesos, no a un banco tradicional, sino a usureros, a prestamistas de un cártel local que financiaban negocios sucios. Había perdido ese dinero en supuestas “inversiones” que eran, en realidad, apuestas clandestinas y estafas. Cuando los cobradores lo amenazaron de muerte, intentó exigirle a Gloria que vendiera parte de sus farmacias. Ella, que había construido su imperio desde cero trabajando de sol a sol en los barrios más duros de México, se negó rotundamente. “No voy a sangrar mi trabajo para pagar tus vicios”, le dijo. Fue entonces cuando Roberto, acorralado y desesperado, buscó a su viejo amigo de la universidad, el doctor Osvaldo, lleno de deudas por pensiones alimenticias y amantes. Juntos tramaron el crimen perfecto.