Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

Los días posteriores fueron un torbellino. Investigaciones, declaraciones ante el Ministerio Público, auditorías al hospital. Alma tuvo que rendir testimonio varias veces. El investigador a cargo, un hombre maduro y de mirada cansada, le dijo al terminar de firmar su declaración: “Muchacha, si usted se hace de la vista gorda un día más, el acta de defunción ya estaría firmada y ese hombre millonario. Le salvó la vida”.

En el hospital, el ambiente cambió. Algunas enfermeras evitaban a Alma, temerosas de involucrarse con quien había derribado a un gigante intocable. Otras, como Doña Lety, la miraban con un respeto silencioso y profundo. “Hiciste lo correcto, chamaca”, le dijo Lety una tarde mientras preparaban sueros. “Si yo estuviera en esa cama, rogaría por tener una enfermera como tú.”

Las semanas pasaron y la historia de horror se fue aclarando. Roberto debía más de 7 millones de pesos, no a un banco tradicional, sino a usureros, a prestamistas de un cártel local que financiaban negocios sucios. Había perdido ese dinero en supuestas “inversiones” que eran, en realidad, apuestas clandestinas y estafas. Cuando los cobradores lo amenazaron de muerte, intentó exigirle a Gloria que vendiera parte de sus farmacias. Ella, que había construido su imperio desde cero trabajando de sol a sol en los barrios más duros de México, se negó rotundamente. “No voy a sangrar mi trabajo para pagar tus vicios”, le dijo. Fue entonces cuando Roberto, acorralado y desesperado, buscó a su viejo amigo de la universidad, el doctor Osvaldo, lleno de deudas por pensiones alimenticias y amantes. Juntos tramaron el crimen perfecto.

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