Eran las tres de la madrugada en el hospital cuando entré a medicar a la mujer aislada. De pronto, ella agarró mi brazo, temblando: “Ayúdame, mi marido le pagó al cardiólogo para envenenarme y quedarse con mis quince sucursales”. Llevaban doce años casados. En vez de llamar al médico de guardia, tomé dos tubos de sangre en secreto y preparé los documentos legales. La trampa mortal estaba lista.

—¡Ese es el esposo! —gritó Alma, señalándolo sin importarle las consecuencias.

Dos agentes corrieron y lo estamparon contra la pared antes de que pudiera llegar a la puerta. La bolsa de papel se rompió y las mandarinas rodaron por todo el pasillo de linóleo, rebotando contra los zapatos de las enfermeras atónitas.

—¡Suéltenme, imbéciles! —gritaba Roberto, perdiendo toda la fachada de caballero—. ¡Esa vieja ya está muerta en vida! ¡Se la pasó 30 años metida en sus farmacias como gallina clueca, ese negocio me pertenece! ¡Tengo derechos! ¡Ocho años aguantando sus achaques!

Fue una confesión a gritos, patética y asquerosa. Las enfermeras que horas antes suspiraban por él, lo miraban con profundo asco. Lo esposaron y se lo llevaron arrastrando.

Esa misma mañana, Gloria fue trasladada en ambulancia al Hospital Regional, bajo custodia y supervisión directa de la Dra. Mendoza. Antes de que la camilla cruzara las puertas, Camila, la sobrina de Gloria, llegó corriendo. Al ver a su tía viva, rompió en llanto y se abrazó a ella. Gloria, desde la camilla, buscó a Alma con la mirada. No dijo nada, pero alzó una mano y asintió levemente, con los ojos brillando de gratitud infinita. Era una promesa silenciosa: “No te voy a olvidar”.

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