Mi hermana Verónica tiene 35 años y siempre fue la consentida de la casa.
Cuando éramos niñas, ella elegía primero los regalos, la ropa y hasta el lugar donde pasaríamos las vacaciones. Si quería algo, mis padres encontraban la manera de conseguírselo.
Si yo quería lo mismo, escuchaba:
—Lucía, entiende. Tu hermana lo necesita más.
Mi papá, Jorge, prefería evitar discusiones. Mi mamá, Patricia, justificaba cualquier capricho de Verónica con una frase que terminé odiando:
—Así es tu hermana. Tú eres más comprensiva.
Y yo aprendí a ser comprensiva hasta conmigo misma olvidarme.
Cuando Verónica anunció que se casaría con Andrés, un ingeniero al que conocía desde hacía dos años, me alegré sinceramente.
Andrés era amable, trabajador y siempre me había tratado con respeto.
Tres meses antes de la boda, Verónica me pidió que fuera una de sus seis damas de honor.