5. Mientras las otras cinco damas de honor se preparaban con sus vestidos lavanda, mi hermana me señaló una bolsa en el suelo. Dentro había un vestido naranja espantoso, tres tallas más grande. “Póntelo o vete, nadie te necesita aquí”, me dijo delante de todas. Respiré hondo, me lo puse y no reclamé nada. Pero esa misma noche, su esposo descubrió por qué mi vestido era diferente, y todo cambió…

Mi hermana Verónica tiene 35 años y siempre fue la consentida de la casa.

Cuando éramos niñas, ella elegía primero los regalos, la ropa y hasta el lugar donde pasaríamos las vacaciones. Si quería algo, mis padres encontraban la manera de conseguírselo.

Si yo quería lo mismo, escuchaba:

—Lucía, entiende. Tu hermana lo necesita más.

Mi papá, Jorge, prefería evitar discusiones. Mi mamá, Patricia, justificaba cualquier capricho de Verónica con una frase que terminé odiando:

—Así es tu hermana. Tú eres más comprensiva.

Y yo aprendí a ser comprensiva hasta conmigo misma olvidarme.

Cuando Verónica anunció que se casaría con Andrés, un ingeniero al que conocía desde hacía dos años, me alegré sinceramente.

Andrés era amable, trabajador y siempre me había tratado con respeto.

Tres meses antes de la boda, Verónica me pidió que fuera una de sus seis damas de honor.

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