5. Mientras las otras cinco damas de honor se preparaban con sus vestidos lavanda, mi hermana me señaló una bolsa en el suelo. Dentro había un vestido naranja espantoso, tres tallas más grande. “Póntelo o vete, nadie te necesita aquí”, me dijo delante de todas. Respiré hondo, me lo puse y no reclamé nada. Pero esa misma noche, su esposo descubrió por qué mi vestido era diferente, y todo cambió…

Andrés intervino.

—Señora Patricia, Lucía no provocó esta conversación. Yo pregunté qué había pasado.

Mi madre quedó desconcertada.

Estaba tan acostumbrada a que todos protegieran a Verónica que parecía incapaz de comprender que alguien pudiera cuestionarla.

Mi hermana se limpió las lágrimas con una servilleta.

—¡Claro! Ahora todos defienden a Lucía. Como siempre, ella queda como la víctima perfecta.

Aquellas palabras me sorprendieron más que los correos.

—¿Como siempre? —pregunté—. Verónica, ¿cuándo me han defendido a mí?

Su rostro cambió.

—Siempre has sido igual. Calladita, haciéndote la buena, para que después todos digan que eres la hermana madura y responsable. Nunca necesitas nada, nunca te equivocas. ¿Sabes lo cansado que es vivir al lado de alguien que hace que una parezca egoísta?

Por primera vez entendí algo que llevaba años intentando descifrar.

Mi hermana no me despreciaba porque yo le hubiera quitado algo.

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