Mi tía Rosario, que se había acercado al escuchar los gritos, soltó una risa amarga.
—Qué bonito detalle, hija. Cinco mujeres vestidas igual y tu hermana disfrazada de cono de tránsito.
Algunos invitados tuvieron que contener la risa.
Mi mamá apareció inmediatamente.
—¡Rosario, por favor! ¡Estamos en una boda!
—Precisamente, Patricia. Y mira lo que tu hija decidió hacerle a la otra.
Mi madre se volvió hacia mí.
—Lucía, seguramente hubo un malentendido. No hagas más grande esto.
Esa frase me atravesó.
No porque fuera nueva, sino porque la había escuchado toda mi vida.
Yo nunca provocaba los problemas, pero siempre terminaba siendo responsable de que los demás se sintieran incómodos al descubrirlos.
—Mamá —respondí—, yo no he hecho absolutamente nada. Vine, me puse el vestido y cumplí con lo que Verónica me pidió.
—Podrías haberlo hablado en privado.
—Intenté preguntarle esta mañana. Me gritó delante de todas.