El correo llevaba el nombre de mi hermana y había sido enviado el mismo día que los demás pedidos.
Pero había algo todavía peor.
Debajo aparecía una respuesta del proveedor:
“Señora Verónica, confirmamos que el vestido destinado a Lucía no corresponde al modelo ni al color del resto del grupo. ¿Desea mantener esa diferencia?”
Y la respuesta de mi hermana decía:
“Sí, exactamente así lo quiero. Es una decisión personal. Yo me encargaré de entregárselo”.
Sentí un nudo en la garganta.
Una cosa era sospechar que tu propia hermana quería humillarte.
Otra era descubrir que había tenido tres meses para arrepentirse y que, aun así, había seguido adelante.
—¿Ahora qué vas a decir? —preguntó Andrés.
Verónica comenzó a llorar.
—¡No entienden nada! ¡Era una sorpresa! Quería que Lucía destacara porque es mi única hermana.