5. Mientras las otras cinco damas de honor se preparaban con sus vestidos lavanda, mi hermana me señaló una bolsa en el suelo. Dentro había un vestido naranja espantoso, tres tallas más grande. “Póntelo o vete, nadie te necesita aquí”, me dijo delante de todas. Respiré hondo, me lo puse y no reclamé nada. Pero esa misma noche, su esposo descubrió por qué mi vestido era diferente, y todo cambió…

—Tal vez hubo una confusión —añadió—. Pensé que tú habías pedido algo especial.

Le agradecí que me lo contara.

Durante días pensé en enfrentar a Verónica, pero conocía demasiado bien su manera de manipular las situaciones.

Si le reclamaba, probablemente terminaría diciendo que yo estaba celosa y que quería arruinarle la boda.

Así que decidí observar.

Y cuando aquella mañana encontré exactamente el vestido que Renata había descrito, comprendí que mis sospechas eran ciertas.

No discutí más.

Me encerré en el baño, ajusté la tela con varios seguros y traté de acomodar la cintura con una cinta que llevaba en mi bolso.

No quedó bonito.

Pero me miré al espejo y levanté la cabeza.

No iba a permitir que un vestido decidiera cuánto valía yo.

Cuando salí, la coordinadora de la boda me observó sorprendida.

—Señorita Lucía, ¿está segura de que ese es su vestido?

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