Pero la prueba estaba allí.
Y aun así prefería buscar una excusa.
—La explicación es que quiso humillarme —contesté—. Y tú sigues preocupada porque ella está triste.
—No me hables de esa manera.
—No estoy faltándote al respeto. Solo estoy diciendo la verdad.
Mi madre colgó.
Esa noche lloré más que durante la boda.
Lloré recordando cumpleaños, reuniones escolares y pequeñas injusticias que había aprendido a considerar normales.
Recordé cuando Verónica recibió ayuda para comprar su primer automóvil y yo tuve que ahorrar durante años para pagar el mío.
Recordé cuando obtuve mi título de arquitecta y mi madre pasó casi toda la celebración hablando de los problemas sentimentales de mi hermana.
Y recordé todas las veces que me habían pedido que fuera comprensiva, como si tener paciencia significara aceptar cualquier maltrato.
Una semana después, mi madre volvió a llamarme.