Daniel bajó la mirada.
—Hasta ayer, sí.
Entonces sacó su móvil.
—Pero he encontrado esto.
Le mostró varios mensajes que Patricia le había enviado durante los meses anteriores.
En uno le aseguraba que Carmen estaba perdiendo la memoria y que por eso no debía hablar con ella sobre dinero.
En otro le advertía que Adrián estaba prácticamente arruinado.
Y en un tercero aparecía una frase que dejó al empresario paralizado:
«Cuando vendamos la casa de la abuela, podremos comprar el piso de Madrid. Pero no se lo menciones todavía».
Daniel tenía los ojos húmedos.
—Pensé que la abuela estaba de acuerdo. Mamá decía que todos esos cambios eran por su bien.
—¿Has hablado con ella últimamente?
—No. Mi madre decía que se cansaba mucho.
Adrián recordó algo que le dolía desde su llegada.
Durante años había llamado a su madre a través del teléfono de Patricia, porque supuestamente el aparato de Carmen apenas funcionaba.
Las conversaciones siempre eran breves.
Su hermana aseguraba que estaba descansando, que tenía cita médica o que no se encontraba con fuerzas.
Adrián nunca había insistido lo suficiente.
Ahora empezaba a comprender por qué.
Daniel se secó los ojos.
—Quiero verla.
Al día siguiente, Carmen recibió a su nieto en el hotel.
El muchacho se quedó inmóvil al verla tan delgada.
—Abuela…
Carmen sonrió.
—Mi niño, cuánto has crecido.
Daniel se arrodilló frente a ella.
—Perdóname.
La anciana le acarició el cabello.
—¿Por qué, cariño?
—Porque yo tenía de todo y tú no tenías ni para comer.
Carmen lo abrazó sin preguntarle nada más.
Aquella escena terminó de convencer a Adrián de que debían afrontar la verdad delante de la familia.
No para humillar a Patricia.
Sino para impedir que continuara inventando versiones distintas para cada persona.
Elena recomendó que cualquier reunión fuera voluntaria y que Carmen pudiera marcharse en cuanto quisiera.
Carmen aceptó.
—Quiero escuchar a mi hija —dijo—. Pero esta vez también quiero que ella me escuche.
Se reunieron el domingo en casa de Patricia.
Estaban Adrián, Carmen, Víctor, Daniel y Elena.
Patricia había preparado café y pasteles.
Actuaba como si todo fuese un desagradable malentendido.
—Espero que podamos terminar con esta tontería —comenzó—. Mamá sabe perfectamente cuánto me he sacrificado.
Adrián colocó una carpeta sobre la mesa.
—Durante 3 años te confié 162.000 € destinados a mamá.
Patricia cruzó los brazos.
—Y yo los administré.
—Entonces explica por qué mamá vivía sin calefacción, sin medicinas y recogiendo latas.
—¡Porque no se dejaba ayudar!
Carmen levantó lentamente la cabeza.
—Nunca me ofreciste volver a mi casa.
Patricia ignoró sus palabras.
—Tú te fuiste a Alemania, Adrián. Yo me quedé aquí. Yo la acompañaba a las consultas, compraba las medicinas y resolvía sus problemas. ¿Sabes cuánto cuesta eso emocionalmente?
Volví a Sevilla sin avisar y encontré a mi madre recogiendo latas junto a la basura, aunque llevaba 3 años enviándole 4.500 € mensuales. Mientras ella pasaba hambre, mi hermana disfrutaba de una casa de lujo. «¡Yo me quedé aquí mientras tú te fuiste!», me reprochó. No discutí: llevé a mi madre al banco, pero allí descubrimos un documento firmado que escondía algo mucho peor.