Volví a Sevilla sin avisar y encontré a mi madre recogiendo latas junto a la basura, aunque llevaba 3 años enviándole 4.500 € mensuales. Mientras ella pasaba hambre, mi hermana disfrutaba de una casa de lujo. «¡Yo me quedé aquí mientras tú te fuiste!», me reprochó. No discutí: llevé a mi madre al banco, pero allí descubrimos un documento firmado que escondía algo mucho peor.

—No quiero sentarme.
Fue la primera vez en mucho tiempo que Carmen contradijo abiertamente a su hija.
Adrián comprendió que aquella conversación no podía convertirse en otra situación donde alguien decidiera por ella.
—Mamá, podemos marcharnos ahora mismo. Elena está esperando y tú decidirás qué hacemos después.
Carmen recogió una fotografía antigua de su marido y su bolso.
—Entonces vámonos.
Patricia intentó detenerlos.
—¡No podéis hacer esto! ¡Soy yo quien se ha ocupado de todo!
Adrián se volvió.
—Precisamente por eso vas a tener que explicar dónde está cada euro.
Aquella tarde Carmen se instaló temporalmente en una habitación cómoda de un pequeño hotel. Por primera vez en meses pudo ducharse con agua caliente y dormir en una cama limpia.
Antes de acostarse, llamó a su hijo.
—Adrián, ¿vas a denunciar a tu hermana?
Él permaneció sentado a su lado.
—Primero vamos a averiguar todo lo que ha hecho. Después tú decidirás, asesorada por Elena.
Carmen bajó la mirada.
—Es mi hija.
—Y tú eres su madre. Eso debería haber significado algo para ella.
Al día siguiente acudieron al banco.
La directora de la sucursal examinó la documentación presentada por Elena y confirmó que podían tramitar, a petición de Carmen, nuevas claves y una tarjeta, además de revisar las autorizaciones vigentes.
Elena explicó que revocar el poder notarial exigiría realizar los trámites correspondientes y comunicar formalmente la revocación a las entidades afectadas.
También solicitó copias de todos los movimientos.
Los números resultaron devastadores.
162.000 €.
Esa era la cantidad que Adrián había enviado durante 36 meses.
Solo una pequeña parte había beneficiado realmente a Carmen.
Los extractos reflejaban compras en establecimientos de lujo, gastos domésticos de Patricia, cuotas del todoterreno y transferencias a una cuenta particular.
Además, la vivienda familiar llevaba 11 meses alquilada por 950 € mensuales.
Carmen nunca había recibido aquel alquiler.
—¿Cuánto dinero me queda? —preguntó con voz temblorosa.
La directora revisó el saldo.
Quedaban 1.840 €.
Adrián cerró los ojos.
Su madre había vivido entre basura mientras su cuenta recibía miles de euros todos los meses.
Pero había otra cuestión que necesitaban aclarar.
En los extractos aparecían pagos periódicos a una supuesta cuidadora llamada Beatriz Morales.
Carmen negó conocerla.
Elena investigó los documentos que Patricia había presentado para justificar aquellos gastos.
La dirección correspondía a una localidad de Castilla-La Mancha.
La mujer era una prima lejana de Patricia.
Los recibos indicaban servicios de asistencia domiciliaria durante 8 meses, pero Carmen aseguró que nadie había acudido a cuidarla.
—¿Podemos demostrarlo? —preguntó Adrián.
—Habrá que comprobar esos servicios y reunir pruebas —respondió Elena—. No basta con sospecharlo.
La abogada comenzó a preparar un expediente.
Mientras tanto, Adrián decidió hablar con su cuñado.
Víctor lo recibió en el taller mecánico donde trabajaba.
—Patricia me ha contado que estás acusándola de robarle a tu madre.
—Quiero enseñarte algo.
Adrián colocó varios extractos sobre la mesa.
Víctor examinó el primero.
Después el segundo.
Su expresión cambió al reconocer la financiación de su coche.
—Esto tiene que ser un error.
—Los pagos salen de la cuenta de Carmen.
—Patricia me dijo que había heredado unos ahorros de una tía.
Adrián señaló otra operación.
—Y la reforma de vuestra cocina también se pagó con dinero de mi madre.
Víctor se dejó caer en una silla.
—Yo sabía que estaba administrando las cuentas, pero nunca imaginé esto.
—¿Nunca te preguntaste cómo podía permitirse tantos gastos?
Su cuñado tardó en responder.
—Sí. Pero cada vez que preguntaba discutíamos.
Se levantó, fue hasta un armario metálico y sacó una caja.
—Hay algo que deberías revisar.
Dentro encontraron contratos, recibos bancarios, presupuestos de reformas y copias de documentos firmados por Carmen.
Patricia había pedido a su marido que guardara aquella documentación por si algún día Adrián solicitaba justificantes.
Elena acudió al taller para examinarla.
Entre los papeles descubrió una copia de la escritura de la vivienda y varios correos enviados a una agencia inmobiliaria.
La casa había sido anunciada por 295.000 €.
También existía un borrador de contrato de arras preparado para unos posibles compradores.
Adrián sintió que le faltaba el aire.
—Pensaba vender la casa mientras mamá vivía entre contenedores.
Elena examinó las fechas.
—Parece que estaba preparando la operación. Pero todavía tenemos que verificar qué podía hacer legalmente con ese poder y si llegó a comprometer la propiedad.
Víctor se llevó las manos a la cabeza.
—Hace unos días me dijo que, cuando vendiera una casa, podríamos pagar el resto de la hipoteca.
—¿Sabías qué casa era?
—No. Te juro que no.
Adrián lo observó en silencio.
Quería creerlo, pero había aprendido que la confianza sin preguntas podía resultar muy cara.
Aquella noche recibió otra llamada.
Era Daniel, su sobrino.
—Tío, necesito hablar contigo sin que mi madre se entere.
Se encontraron en una cafetería de Triana.
El joven estaba visiblemente alterado.
—Mi madre dice que quieres quitarle todo porque siempre la has despreciado.
Adrián respiró profundamente.
—¿Tú crees eso?

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