La mujer frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué no me lo dijo antes?
Me dio vergüenza admitirlo.
—Porque cuando usted preguntó si estaba bien… mentí. No quería causar un problema.
Don Ernesto cerró su libro.
—Yo escuché cuando ella le pidió varias veces que se moviera.
La sobrecargo asintió.
—Tenemos un asiento libre dos filas atrás, junto al pasillo.
Sentí que me quitaban veinte kilos de encima.
—¿Puedo cambiarme?
—Por supuesto.
Recogí mi bolso, mi suéter y mi libro.