Durante casi cuatro horas, el hombre sentado a mi lado invadió mi asiento del avión con las piernas y se burló cuando le pedí espacio: “Usted es pequeña, no necesita tanto”. Esperé hasta que entró al baño, llamé discretamente a la sobrecargo y tomé una decisión. Cuando regresó y vio mi asiento vacío, se quedó paralizado en el pasillo.

—Voy al baño.

Don Ernesto salió al pasillo para dejarlo pasar.

Cuando Arturo desapareció hacia la parte trasera del avión, estiré las piernas por primera vez en horas.

El alivio fue inmediato.

—Dios mío…

Don Ernesto me miró.

—Ha sido una tarde larga, ¿verdad?

Sonreí débilmente.

Entonces miré el asiento vacío de Arturo.

Recordé sus propias palabras.

“Si usted ni siquiera está usando todo ese espacio, ¿cuál es el problema?”

Y se me ocurrió algo.

Vi acercarse a la sobrecargo.

Levanté la mano.

Esta vez no iba a pedir agua.

Parte 2: —Disculpe —dije cuando la sobrecargo se inclinó hacia mí—. ¿Hay algún asiento vacío?

Su expresión cambió.

—¿Hay algún problema?

Miré hacia el baño.

Arturo todavía no regresaba.

—El señor que está sentado aquí lleva casi cuatro horas metiendo las piernas en mi espacio. Se lo he pedido varias veces. Me duele la cadera y no quiero seguir discutiendo con él.

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