Guardó su ropa.
Su computadora.
Sus discos duros externos.
Las escrituras del departamento.
Los documentos de la propiedad.
Las joyas que había heredado de su abuela.
La cafetera que compró con su primer sueldo.
Incluso la vajilla azul que Alejandro siempre aseguraba que era “de los dos”, a pesar de que jamás había pagado un solo plato.