Cuando regresamos a casa, mi hijo encontró su dormitorio vacío y preguntó entre lágrimas: “Mamá, ¿también tiraron a papá?”. Mi hermana se rio; había vendido su cama, sus juguetes y hasta el barco de madera que su padre fallecido le dejó. No discutí. Llamé al abogado que llevó la herencia de mi esposo. Horas después descubrimos que aquel barco escondía un secreto que mi madre jamás quiso que yo conociera.

En medio del cuarto vacío había una cuna blanca completamente nueva.

Y junto a ella estaba mi hermana Mariana, embarazada de siete meses, sonriendo.

“Qué bueno que ya llegaron. Quería que vieras cómo quedó.”

La miré.

“¿Dónde están las cosas de Mateo?”

“Las vendí.”

Creí haber escuchado mal.

“¿Qué?”

Mariana acarició su vientre.

“Necesito espacio para el bebé. Mateo ya está grande. Además, conseguí buen dinero por todo.”

Mi madre apareció detrás de ella.

Teresa llevaba casi dos años viviendo gratis en mi casa.

Yo pagaba la comida, la electricidad, sus medicamentos y cada emergencia económica que aparecía misteriosamente una vez al mes.

“Lucía, no hagas un drama”, dijo. “Tu hermana está a punto de ser madre.”

Mateo caminó hasta una esquina vacía.

Entonces su cara cambió.

“Mamá… ¿dónde está el barco de papá?”

Se me congeló la sangre.

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