Nunca me presionó.
Llamaba los domingos.
Visitaba a Mateo.
Le enseñaba carpintería.
Aparecía cuando decía que iba a aparecer.
Eso fue lo que más me ayudó a confiar en él.
No las palabras.
La constancia.
El verano siguiente, para el noveno cumpleaños de Mateo, viajamos a Veracruz.
Tomás nos esperaba en una pequeña marina.
Cuando abrió las puertas de un cobertizo, Mateo se quedó sin palabras.
Dentro había un velero real.
Pequeño.
De madera.
Hermoso.
“¿Es nuestro?”, preguntó Mateo.
Tomás sonrió.
“Tuyo y de tu mamá.”
Reconocí inmediatamente las líneas del casco.
Era una versión grande del barco que Daniel había empezado.
Tomás acarició la madera.
“Daniel y yo hablamos de construirlo algún día.”
“¿Tú lo terminaste?”
“Llevo tres años trabajando en él.”
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.