Mi hija de 17 años pasó tres días cocinando para 23 personas por el cumpleaños 67 de mi madre. Diez minutos antes, mi padre escribió: “Cambiamos de planes. Nos vamos a un restaurante”. Después cargaron 24.860 pesos a mi tarjeta. No discutí. Miré a mi hija llorando frente al pastel intacto y hice una sola llamada. Quince horas después, mi familia estaba golpeando mi puerta.

—Pues que guarde la comida. La pueden congelar.

Pensé que estaba bromeando.

No lo estaba.

—¿Y lo de “solo adultos”? Los hijos de Marcela están con ustedes.

—Ya tienen 18.

—Valeria tiene 17.

—Exactamente. No empieces, Lucía. Ya llegó el mesero.

Me colgó.

Llamé a mi madre.

Contestó con ese tono ligeramente molesto que usaba cuando consideraba que yo estaba interrumpiendo algo importante.

—¿Qué pasa?

—Quiero saber por qué hicieron esto.

Suspiró.

—Porque no queríamos arriesgarnos.

—¿Arriesgarse a qué?

—A enfermarnos.

Me quedé callada.

—Mamá, ¿de qué estás hablando?

—Valeria es una niña. Es muy bonito que le guste cocinar, pero son 23 personas. ¿Qué pasa si algo sale mal? En un restaurante hay cocineros profesionales.

Sentí calor en la cara.

—Valeria tomó cursos. Planeó el menú de acuerdo con tus restricciones. Hasta hizo un postre sin azúcar porque tú se lo pediste.

—Ay, hija, no exageres. Es un hobby.

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