—Pues que guarde la comida. La pueden congelar.
Pensé que estaba bromeando.
No lo estaba.
—¿Y lo de “solo adultos”? Los hijos de Marcela están con ustedes.
—Ya tienen 18.
—Valeria tiene 17.
—Exactamente. No empieces, Lucía. Ya llegó el mesero.
Me colgó.
Llamé a mi madre.
Contestó con ese tono ligeramente molesto que usaba cuando consideraba que yo estaba interrumpiendo algo importante.
—¿Qué pasa?
—Quiero saber por qué hicieron esto.
Suspiró.
—Porque no queríamos arriesgarnos.
—¿Arriesgarse a qué?
—A enfermarnos.
Me quedé callada.
—Mamá, ¿de qué estás hablando?
—Valeria es una niña. Es muy bonito que le guste cocinar, pero son 23 personas. ¿Qué pasa si algo sale mal? En un restaurante hay cocineros profesionales.
Sentí calor en la cara.
—Valeria tomó cursos. Planeó el menú de acuerdo con tus restricciones. Hasta hizo un postre sin azúcar porque tú se lo pediste.
—Ay, hija, no exageres. Es un hobby.