Parte 1
Diez minutos antes de que empezara la fiesta por los 67 años de mi madre, mi hija de 17 estaba colocando con pinzas unas flores comestibles sobre un pastel de tres pisos.
La mesa del comedor tenía 23 lugares.
Servilletas de tela color crema. Tarjetas con los nombres escritas a mano. Copas perfectamente alineadas. Un pequeño arreglo de bugambilias en el centro.
Desde la cocina llegaba el olor del lomo horneado con romero, mantequilla y una salsa de ciruela que Valeria había preparado tres veces hasta quedar satisfecha.
Mi hija llevaba tres días cocinando.
Quería estudiar gastronomía y había insistido en preparar sola la cena de cumpleaños de su abuela.
—Mamá, prueba otra vez la salsa —me dijo, acercándome una cuchara—. ¿No está demasiado dulce?
La probé.
—Está perfecta.
—Eso dijiste hace una hora.
—Porque hace una hora también estaba perfecta.