Valeria sonrió.
Tenía el cabello recogido, harina en una mejilla y unas ojeras que delataban que se había levantado a las cinco de la mañana.
Entonces vibró mi teléfono.
Era un mensaje de mi padre en el grupo familiar.
“Cambiamos el plan. Vamos a cenar en un restaurante. Solo adultos. Ya estamos llegando.”
Lo leí dos veces.
Después miré el reloj.
Faltaban diez minutos.
Sentí que algo se me cerraba en el pecho.
Me alejé hacia el pasillo para que Valeria no me viera la cara y marqué a mi padre.
—¿Qué significa ese mensaje?
—Lucía, no hagas drama. Se nos hizo más práctico salir.
—¿Ya están en el restaurante?
—Sí. Tu mamá, tu hermana, los muchachos, tus tíos… prácticamente todos.
Volteé hacia el comedor.
23 platos.
23 sillas.
—Papá, Valeria lleva tres días cocinando.
Hubo un pequeño silencio.