En pocos meses, Clara dejó de cargar sola con toda la responsabilidad.
Lo que durante años había sido su esfuerzo silencioso se convirtió en un proyecto comunitario.
El ayuntamiento colocó recipientes para recoger donaciones y una asociación veterinaria comenzó a realizar visitas periódicas.
Clara nunca quiso que el lugar llevara su nombre.
Cuando le preguntaron cómo debían llamarlo, respondió:
—Pónganle “Segunda Oportunidad”. Eso representa mejor lo que hacemos aquí.
## Una historia que dejó una enseñanza
Con el tiempo, la rutina de Clara continuó.
Todavía visitaba la carnicería algunas mañanas.
Sin embargo, ahora las conversaciones eran diferentes.
—Buenos días, doña Clara —decía Ernesto.
—Buenos días.
—Hoy tengo algo extra para sus amigos.
Ella sonreía.
Ya nadie se preguntaba para quién era toda aquella comida.
La historia también dejó una reflexión entre los habitantes de San Jacinto.