Arturo quedó inmóvil.
Por primera vez bajó completamente el teléfono.
—¿Cómo sabe mi apellido?
Elena no contestó.
No necesitaba hacerlo.
Había leído cuarenta páginas de escritos firmados por él durante las últimas dos semanas.
Arturo era el abogado de Héctor Landa, un agente acusado de haber usado fuerza excesiva contra un adolescente durante una revisión meses atrás.
La audiencia de esa mañana era precisamente la de Héctor.
Y Elena Morales debía presidirla.
Arturo volvió a levantar el teléfono, pero su seguridad había desaparecido.
—Habrá visto mi nombre en internet.
Elena siguió callada.
La transmisión ya tenía miles de espectadores.
Entre los comentarios comenzaron a aparecer mensajes distintos.
“Creo que sí trabaja ahí.”
“Alguien compruebe quién es.”
“Ese abogado parece conocerla.”
Diego, el repartidor, publicó treinta segundos de su grabación.
En pocos minutos comenzaron a compartirla.