—A ver qué tenemos aquí.
Antes de que Elena pudiera agacharse, Salgado puso un pie delante de ella.
—Quietecita.
Arturo tocó la tarjeta con el zapato y la empujó accidentalmente hacia una jardinera.
—Parece cualquier credencial —dijo.
La tarjeta desapareció bajo unas hojas.
Elena cerró los ojos durante un segundo.
Cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado.
No parecía asustada.
Parecía estar tomando nota.
—Agente Salgado —dijo—, quiero hablar con el inspector Ernesto Rivas.
Salgado dejó de sonreír por medio segundo.
—¿Cómo conoce a mi supervisor?
—Declaró ante mí el año pasado.
Arturo bajó lentamente el teléfono.
—¿Ante usted?
—Sí.
Salgado soltó una carcajada demasiado fuerte.
—Ahora resulta que es jueza.
Arturo recuperó la sonrisa.
—Escuchen eso —dijo a quienes seguían su transmisión—. Ahora dice que es jueza.
Algunas personas escribieron mensajes burlándose.
Otras comenzaron a preguntar por qué nadie comprobaba simplemente la identificación que acababan de tirar.